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La permisividad en la educación básica: una generación hiperestimulada y desarmada

Observar desde la trinchera escolar las transformaciones de la infancia en México, y la pregunta que no podemos eludir: ¿cómo formamos el carácter de una generación que todo lo consume pero nada lo procesa?

Por Colegio Esperanza · 7 de agosto de 2026 · 6 min de lectura

Niño con teléfono celular, diseño sobre la hiperestimulación digital en la infancia
Ilustración editorial: La anestesia digital en la infancia
Anestesia digital y gratificación instantánea

Existe un privilegio analítico inherente a la gestión escolar: la posibilidad de observar, en tiempo real y desde la trinchera cotidiana, las transformaciones sociológicas de la infancia y de las familias en México. Resulta imposible disociar la pedagogía de la realidad socioeconómica; asumir que se puede exigir conciencia o disciplina sin entender las vicisitudes del entorno es tan iluso como hablar de conciencia ambiental sin conciencia de clase.

Sin embargo, para no extraviarnos en bucles teóricos, es necesario fijar la postura de las escuelas particulares frente a las recientes reformas educativas y plantear la pregunta de fondo: ¿cómo formamos el carácter y la productividad de una generación cada vez más estimulada, pero no por ello más consciente?

La anulación del mérito y la disciplina

Consideremos la puntualidad. En términos estrictamente humanos, el alumno que llega tarde y el que llega temprano poseen la misma dignidad. Sin embargo, en términos de formación ética, quien vence la inercia y madruga ejerce una virtud. En un país convulso y lleno de imprevistos como México —y en general en América Latina—, el respeto al tiempo ajeno y la estructura normativa no son arbitrariedades: son herramientas mínimas de supervivencia laboral y convivencia comunitaria.

Lamentablemente, el marco normativo actual tiende a la homogeneización por abajo. Ya no importa la puntualidad, el uso del uniforme, el cumplimiento de los deberes o el deseo explícito de aprender. Al despojar a la escuela de mecanismos de autorregulación, la responsabilidad del aprendizaje se ha desplazado hacia el espectáculo: el docente debe competir contra la hiperestimulación digital, realizando actos de magia pedagógica para capturar destellos de atención en mentes habituadas al consumo inmediato y al brainrot.

Esta desconexión inicia desde la primera infancia. Es habitual ver a niños de preescolar llegar a las 7:00 a. m. dopados por la seriación de colores y canciones de un teléfono móvil, utilizado en casa como anestesia digital.

Entre menos incomode o piense el niño, más fácil resulta la logística familiar. El problema es que, al cruzar la puerta del colegio, la pantalla desaparece y esa burbuja de gratificación instantánea choca de frente con la realidad: una lucha encarnizada por sostener la concentración en el mundo real.

La ilusión de la igualdad por decreto

Ante este escenario, la consecuencia natural frente al incumplimiento debería ser la evaluación objetiva: una nota que refleje con honestidad el desempeño. Una baja calificación no constituye un castigo represivo, sino un diagnóstico indispensable para apelar a la responsabilidad del alumno y a la corresponsabilidad de la familia. Sin embargo, la regulación educativa ha vuelto ficticia esta métrica: el seis está garantizado por decreto, se asista o no, se trabaje o no.

Está prohibido regresar al impuntual y desaprobado el irresponsable. Aquel que no sigue las reglas recibe el mismo aval institucional que quien dedica un esfuerzo extraordinario al desarrollo de sus competencias. Bajo la consigna de no segregar, las reformas recientes han eliminado los cuadros de honor, las escoltas por promedio y los reconocimientos al mérito.

Cabe preguntarse: ¿anular la emulación y la competencia sana es realmente un síntoma de progreso? La escuela no debe ser catapultadora de las desigualdades sociales, pero tampoco puede ser un simulacro que engañe al estudiante sobre el funcionamiento del mundo fuera del aula.

Los límites de la escuela y la resistencia pedagógica

Existen fronteras infranqueables. La escuela no puede sustituir la educación del hogar: no podemos enseñar a pedir las cosas "por favor" o a dar las gracias si no hay un eco familiar; no podemos poner un plato de comida caliente en la mesa ni garantizar que al volver a casa haya alguien dispuesto a escuchar al niño. Tampoco podemos erradicar, por decreto, la exposición a entornos complejos o sustancias nocivas en sus comunidades, por mucho que lo desearíamos.

¿Qué nos queda entonces para este ciclo escolar? En nuestro colegio optamos por aferrarnos a nuestra salvaguarda histórica: la lectura profunda, el pensamiento crítico y la exigencia amorosa.

Seguiremos asumiendo el costo de ser, con frecuencia, el único pilar firmemente estructurado en la vida de los alumnos, aun si ello implica enfrentar la incomodidad o el descontento de quien confunde la firmeza con la falta de empatía. Formar el carácter cuando nadie más quiere hacerlo es, en esencia, el núcleo más noble —y silencioso— de la labor docente.

Sobre el autor

Este artículo es una reflexión institucional de Colegio Esperanza, escuela tricampeona nacional de literatura en Cuernavaca, Morelos, comprometida con la formación del carácter y el pensamiento crítico desde la educación básica.

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